De nada a nadie

¿Alguna vez si han sentido tan pequeñas que han llegado a creer que son débiles en todo sentido? ¿y que la forma en la que se visten puede enviar un mensaje equivoco? ¿o qué ‘los piropos’ en vez de ser halagos se convierten en ofensas?, probablemente sin tienen un pene en medio de las piernas, esto último no les ocurra, o al menos no tan seguido.

Llevo todo el día tratando de descifrar cómo piensa la cabeza masculina, en cómo creen que una mujer se siente cuando en lugar de verla a los ojos le ven los pechos, o que en una salida a tomar café, cuando ellas busca azúcar, ellos sexo.

Aquí no hay discriminación, todos los de “ese tipo” nos ven igual, como un objeto sexual. No importa si tienen hijos, son músicos, genios de las matemáticas o son un ejemplo de esposos ante la sociedad, un gesto es suficiente para hacernos sentir el sexo débil.

Este es el “ese tipo” de hombres con los que muchas nos hemos topado últimamente y no solo en el trabajo, sino también en la universidad, los comerciales y cualquier otro sitio en el que haya testosterona.

Y es aquí en donde quiero aclarar: nosotras no siempre buscamos a “ese tipo” de hombres, tampoco insinuamos que todos son iguales o que a todos los odiemos… Pero tienen como una flecha muy escondida pegada en algún lado que nos hace reconocerlos, aunque no tan pronto cómo quisiéramos.

Usar faldas o vestidos cortos, shorts o pantalones ajustados, blusas con escote o cualquier otra cosa que nos haga parecer “fáciles o zorras”, no da el derecho de nada, a nadie.

Qué bonitas suenan esas últimas palabras: de nada a nadie.

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Fueron siete…

Escribología

Fueron siete… Y no fueron meses, no fueron semanas, no fueron días, no fueron horas, no fueron segundos…

Solo recuerdo que fueron siete.

Las conté y analicé durante siete días. Sí, siete fueron suficientes. La primera la descubrí cuando me mentiste a los ojos negando haberme llamado el jueves por la madrugada. La segunda llegó cuando viste como un niño abrazaba a su mamá en el aeropuerto.

Fueron siete… Y todas las anoté en mi viejo cuaderno, el mismo del que decidí alejarme cuanto tú te fuiste de aquí.

La tercera ocurrió cuando hablaste por teléfono con tu hermana, a quien creíste habías perdido por una falsa noticia en el noticiero de las ocho. La cuarta era más superficial, pero siempre honesta, vestías la camisa de tu equipo favorito y gritabas en celebración mientras me besabas los labios.

Fueron siete… Y cada una era distinta, cada una llenaba un espacio…

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